No sabían exactamente la hora que era,
después de más de cuarenta horas jugando sin parar uno pierde por completo la
noción del tiempo.
El Ruso se levantó y decidió abrir las
persianas. La habitación a oscuras hasta entonces, tan solo iluminada por una
pequeña lámpara situada al otro extremo de la mesa donde jugaban a convertir el
azar en jugadas maestras, fue invadida por una intensa luz que dejó al
descubierto aquella triste escena: ceniceros rebosantes de colillas -algunas
aún humeantes- una botella de ron vacía y otra de whisky aún por vaciar, una
carátula de un disco compacto de Melendi en cuya superficie, teñida de blanco,
quedaban todavía algunas líneas de inspiración por respirar, hojas de papel con
garabatos que aparentemente representaban las tablas de puntuación y mucho
naipe.
“El
Mono”, con un vaso de vermut de medio litro al que él llamaba su medicina, se
encontraba presidiendo solemne la mesa. Sentado a su lado estaba el Ruso, que
volvía de subir las persianas; enfrente Darío, con su peculiar risa, buscando
alguna manera de recuperar el dinero perdido hasta ese momento, que no era
mucho aunque a él le parecía una verdadera fortuna. Los tres estaban hablando,
riendo, fumando, bebiendo y jugando y parecía que solo se entendían entre
ellos. En el sofá, unos metros por detrás de la mesa, sobresalía la visera de
una gorra por encima del respaldo, pertenecía al “Pelocho” que, tumbado y
cubierto por una manta, intentaba sin éxito volver a quedarse dormido. Después
de un largo rato, cansado de gritos y risas, decidió acompañarles en la
partida. “Si no puedes con el enemigo únete a él”, pensó. Perdió cerca de 200
pavos en apenas 20 minutos, jugando contra tres borrachos que no habían dormido
en dos días a un juego que habían inventado ellos. Pensar nunca fue el punto
fuerte del Pelocho.
Unas horas más tarde la estampa no había
cambiado demasiado, aún seguían jugando, la botella de whisky estaba ya a la
mitad, la caratula del disco de Melendi ahora resplandecía y la habitación se
había quedado sin humo, gracias a la corriente que entraba por la ventana
apenas abierta y a que hacía ya un rato se habían quedado sin tabaco. No había
nada que fumar y el Ruso no les dejó marchar a por mas cigarrillos hasta que no
terminaran la partida en juego y quizás, alguna más.
Fue justo en ese instante, y no en otro,
cuando empezó todo, el ruso empezó a repartir, frenético y algo torpe, las
cartas. Una tras otra repartía suerte boca abajo a sus dos compañeros de
faenas.
-¡vamos
Ruso coño! - gritó Darío
-¡vamos
jodido muñones! ¡reparte bien! – exclamó el Mono entre risas
El Ruso les mando a tomar por culo y
terminó su tarea. Una vez estaban repartidos todos los naipes y sin más
dilación me empezó a acariciar la espalda. Yo, algo cansado y desconcertado
después de más de cuarenta horas no sabía muy bien cómo reaccionar y me dejé
llevar. Sus manos se separaron y se volvieron a juntar con mi dorso,
eran húmedas, me acariciaban con una pasión casi enfermiza, me deseaba, noté
claramente como me deseaba. Me dio la vuelta, me observó, me giró otra vez. Era
clara su predilección sobre mí, no me mezclaba con el resto, me mantenía
separado. Me dio la sensación de que estaba jugando conmigo, jugaba conmigo, no
cabía la menor duda, y yo ya estaba cansado, no quería más, era una situación
obscena, Darío, el Mono, el Ruso… Entonces se escuchó un ruido, era el Pelocho
que entraba al salón, nadie se acordaba de él, venía con una bandeja llena de
chuletas recién hechas y vermut para todos, pensar no era su fuerte pero el muy
hijo de puta cocinaba de miedo. El Mono decidió parar y aunque el Ruso se negó
en un primer momento, la imagen de aquella bandeja rebosante pudo por fin con
sus ganas de seguir jugando.
Entonces si, me juntó con el resto y me
lanzó al medio de la mesa. Lo crean o no, es bastante jodida la vida de un dos
de tréboles.
Me gusta Javi. Mucho tiempo sin saber de tí.
ResponderEliminar¿Cómo va esa vida?
Parece que no soy yo el único que te acosa.
Besos